De vuelta a casa
"Se te ve muy bien, o por lo menos relajado", ha comentado amablemente un compañero de trabajo hace un rato, mientras terminábamos de desayunar. He sonreído y me he dado cuenta de que tenía razón.
Anoche llegué a Chamartín, donde me esperaba mi ciudad: la ciudad en la que he nacido. Conforme pasan perezosamente los años sobre mí y sobre ella, voy entendiendo cada vez más qué es lo que quería decir Sabina cuando decía que era una ciudad invivible pero insustituible.
He pasado algunos días en mi Valhalla particular, lejos, al norte, en compañía de mi padre y de la chica con la que comparte sus días. No he echado de menos Madrid y me he dedicado en cuerpo y alma a descontaminarme y a relajarme. Y es en este sitio donde puedo hacerlo: en un pequeño pueblecito situado en la llanada alavesa. Una casa con un jardín, una biblioteca, una chimenea, mi pipa, buena comida y mejor bebida... todo ello en compañía de mi padre. ¿Qué más puedo pedir?
Pero al bajarme del tren en Chamartín me dí cuenta de que, inconsciente como siempre, había echado tiernamente de menos esta ciudad que me estresa y me mata poco a poco. Sus conocidas calles iluminadas por las anaranjadas farolas me saludaban y parecía que me decían algo así como "Bienvenido. Esto no ha sido lo mismo sin tí". Es una tontería, desde luego.
Te he echado de menos.
...
Os he echado de menos.
jueves, diciembre 09, 2004
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